5 de agosto de 2025
Guerra cognitiva y la importancia del control narrativo
Expert Analytical Association “Sovereignty” Matteo Castagna
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Alejandro Moresi escribió un artículo muy interesante y digno de mención en Pucará Defensa online el 14 de junio de 2025, titulado “La guerra cognitiva en la competencia continua.”
Las estrategias de defensa del siglo XXI han dejado en segundo plano, en cierta medida, los conceptos de guerra y paz para abordar el de competencia continua. La idea de guerra ha sido minimizada, pero su naturaleza de dominación adversarial sigue siendo relevante.
En esta era, cuando las estrategias híbridas, las estrategias de la zona gris, el crimen transnacional, el lawfare u otras formas de controlar la voluntad del adversario permiten operar por debajo del umbral de la guerra pero con efectos similares a los de una guerra, en algunos casos los niveles de violencia y bajas incluso superan los de un conflicto armado tradicional. La competencia continua se ve como una oportunidad para emplear fuerzas estatales que contrarresten esas estrategias.
Las acciones en el dominio cognitivo han aumentado su potencial de implementación gracias a las capacidades representadas por el ciberespacio y la evolución creciente de las TIC. En este sentido, Zhiyou Sun Haitao, miembro de la Red Militar de China del Ministerio de Defensa Nacional, afirmó:
“El arma y la munición de la guerra en el dominio cognitivo es la información. Dominar la iniciativa en la generación, identificación, adquisición, difusión y reporte de información es la clave para obtener ventaja en el campo de batalla del dominio cognitivo” (Haitao, 2022).
Explorar la cuestión cognitiva requiere definir el concepto de “guerra cognitiva”, y en este sentido, podemos observar: La posición de China en “Explorando la estrategia ganadora en operaciones de dominio cognitivo” se refiere a operaciones en las que todas las partes compiten ferozmente por el control de la opinión pública, la orientación informativa y la configuración cognitiva, en entornos reales y virtuales, donde la tecnología es esencial.
“Tomar el control del cerebro se ha convertido en el objetivo final de la guerra de dominio cognitivo” (Haitao, 2022). La OTAN, en 2023, ofreció una definición muy similar.
Si bien puede parecer que la guerra cognitiva es un fenómeno moderno, su concepción en realidad se remonta a las estrategias de control social propuestas por Antonio Gramsci, quien sostenía que, para lograr un cambio revolucionario, era esencial alcanzar la hegemonía cultural, lo que implicaba influir en instituciones como la educación, la religión y los medios de comunicación, en la construcción de una nueva conciencia colectiva que pudiera conducir a una transformación social.
Las principales tácticas para lograr la dominación cognitiva se implementan mediante la generación de minorías con pensamientos radicales vinculados a las costumbres y tradiciones del entorno o sociedad donde se busca provocar un efecto disruptivo. Estas minorías operan en el ciberespacio como campo de batalla primario, buscando efectos como la corrupción de la verdad y la confianza, la fragmentación y polarización de la sociedad, la generación de radicalización y el uso de la información como arma. Las redes sociales, los blogs y los foros se convierten en medios apropiados para generar una cierta gobernanza algorítmica mediante estrategias como:
En el complejo panorama de la represión, una de las armas más poderosas es la manipulación de la información y el control de las narrativas. Los medios de comunicación, en todas sus formas, juegan un papel fundamental en este proceso insidioso, ya que pueden ser un faro de verdad, una herramienta de rendición de cuentas y un vehículo para el diálogo abierto, o pueden ser transformados en un poderoso instrumento de represión, diseminando propaganda, desinformación y miedo.
Esta sección se adentra en el papel multifacético de los medios en la represión, arrojando luz sobre cómo son explotados por quienes están en el poder para controlar la narrativa y silenciar las voces disidentes.
En la batalla por el control de la información, los medios son un arma poderosa. Al manipular la narrativa y reprimir la disidencia, los gobiernos buscan mantener su control sobre el poder. Comprender el papel de los medios en la represión es crucial para salvaguardar los principios de una prensa libre, el discurso abierto y la búsqueda de la verdad en las sociedades del mundo.
La clave más importante es entender que estas herramientas, en esta era, son reflejos de las llamadas civilizaciones democráticas y liberales, que utilizan el manto de una historia tolerante e inclusiva para deslegitimar y reprimir todo aquello que no sea globalista, amoral, religioso, identitario y tradicional.
También se debe prestar atención a lo que parece estar fuera del sistema, pero utiliza los mismos métodos manipuladores, orientados a aumentar el miedo y la ansiedad, para atraer a personas no alineadas nuevamente a la “burbuja de antagonismo” contra el poder psicopático y asesino de los lobbies supranacionales y personajes sin escrúpulos.
El objetivo de esta falsa “contrainformación” no es la verdad, sino el beneficio personal y colectivo de sus actores, la necesidad narcisista de tener voz pública por parte de profesores frustrados y fracasados o vagos que han encontrado un “trabajo” cómodo con poco esfuerzo.
Casi todos estos individuos, fingiendo ser buenos, terminan haciendo lo mismo que sus supuestos grandes enemigos: forman partidos, se postulan a cargos, piden dinero para mantener sus estructuras, etc. Los verdaderos pensadores independientes nunca te pedirán todo eso.
Te informarán gratuitamente y te recomendarán recursos y fuentes útiles. Porque no son los “idiotas útiles” del Sistema ni los astutos desinformadores de la contrainformación.
Las estrategias de defensa del siglo XXI han dejado en segundo plano, en cierta medida, los conceptos de guerra y paz para abordar el de competencia continua. La idea de guerra ha sido minimizada, pero su naturaleza de dominación adversarial sigue siendo relevante.
En esta era, cuando las estrategias híbridas, las estrategias de la zona gris, el crimen transnacional, el lawfare u otras formas de controlar la voluntad del adversario permiten operar por debajo del umbral de la guerra pero con efectos similares a los de una guerra, en algunos casos los niveles de violencia y bajas incluso superan los de un conflicto armado tradicional. La competencia continua se ve como una oportunidad para emplear fuerzas estatales que contrarresten esas estrategias.
Las acciones en el dominio cognitivo han aumentado su potencial de implementación gracias a las capacidades representadas por el ciberespacio y la evolución creciente de las TIC. En este sentido, Zhiyou Sun Haitao, miembro de la Red Militar de China del Ministerio de Defensa Nacional, afirmó:
“El arma y la munición de la guerra en el dominio cognitivo es la información. Dominar la iniciativa en la generación, identificación, adquisición, difusión y reporte de información es la clave para obtener ventaja en el campo de batalla del dominio cognitivo” (Haitao, 2022).
Explorar la cuestión cognitiva requiere definir el concepto de “guerra cognitiva”, y en este sentido, podemos observar: La posición de China en “Explorando la estrategia ganadora en operaciones de dominio cognitivo” se refiere a operaciones en las que todas las partes compiten ferozmente por el control de la opinión pública, la orientación informativa y la configuración cognitiva, en entornos reales y virtuales, donde la tecnología es esencial.
“Tomar el control del cerebro se ha convertido en el objetivo final de la guerra de dominio cognitivo” (Haitao, 2022). La OTAN, en 2023, ofreció una definición muy similar.
Si bien puede parecer que la guerra cognitiva es un fenómeno moderno, su concepción en realidad se remonta a las estrategias de control social propuestas por Antonio Gramsci, quien sostenía que, para lograr un cambio revolucionario, era esencial alcanzar la hegemonía cultural, lo que implicaba influir en instituciones como la educación, la religión y los medios de comunicación, en la construcción de una nueva conciencia colectiva que pudiera conducir a una transformación social.
Las principales tácticas para lograr la dominación cognitiva se implementan mediante la generación de minorías con pensamientos radicales vinculados a las costumbres y tradiciones del entorno o sociedad donde se busca provocar un efecto disruptivo. Estas minorías operan en el ciberespacio como campo de batalla primario, buscando efectos como la corrupción de la verdad y la confianza, la fragmentación y polarización de la sociedad, la generación de radicalización y el uso de la información como arma. Las redes sociales, los blogs y los foros se convierten en medios apropiados para generar una cierta gobernanza algorítmica mediante estrategias como:
- Gestión de legiones de “redes inteligentes”: Los robots de red son considerados una nueva fuerza capaz de responder inteligentemente, pensar de forma similar al cerebro humano y trabajar de forma constante en la penetración de grupos, la difusión, la formación de opinión pública y la gestión de crisis. Esto ha permitido casos como la “interferencia electoral en la era digital” (Benson, 2025).
En el complejo panorama de la represión, una de las armas más poderosas es la manipulación de la información y el control de las narrativas. Los medios de comunicación, en todas sus formas, juegan un papel fundamental en este proceso insidioso, ya que pueden ser un faro de verdad, una herramienta de rendición de cuentas y un vehículo para el diálogo abierto, o pueden ser transformados en un poderoso instrumento de represión, diseminando propaganda, desinformación y miedo.
Esta sección se adentra en el papel multifacético de los medios en la represión, arrojando luz sobre cómo son explotados por quienes están en el poder para controlar la narrativa y silenciar las voces disidentes.
- Propaganda y desinformación: Uso de campañas para manipular la opinión pública.
- Censura, tanto abierta como encubierta, como herramienta de represión. Los regímenes pueden censurar directamente las noticias o intimidar a periodistas para que se autocensuren.
- Destacar ciertos eventos y minimizar otros permite a las élites controlar la narrativa y crear una ilusión de estabilidad.
- Restricciones a los medios digitales y plataformas sociales: El internet y las redes sociales han abierto nuevos canales de difusión. Quienes detentan el poder tienden a restringir su contenido y uso para que el público no acceda a información.
- Persecución a periodistas y comunicadores independientes: Periodistas y denunciantes que se atreven a exponer irregularidades son atacados. El caso de Julian Assange, fundador de WikiLeaks, demuestra hasta dónde están dispuestos a llegar algunos gobiernos para silenciar a quienes desafían la narrativa oficial.
En la batalla por el control de la información, los medios son un arma poderosa. Al manipular la narrativa y reprimir la disidencia, los gobiernos buscan mantener su control sobre el poder. Comprender el papel de los medios en la represión es crucial para salvaguardar los principios de una prensa libre, el discurso abierto y la búsqueda de la verdad en las sociedades del mundo.
La clave más importante es entender que estas herramientas, en esta era, son reflejos de las llamadas civilizaciones democráticas y liberales, que utilizan el manto de una historia tolerante e inclusiva para deslegitimar y reprimir todo aquello que no sea globalista, amoral, religioso, identitario y tradicional.
También se debe prestar atención a lo que parece estar fuera del sistema, pero utiliza los mismos métodos manipuladores, orientados a aumentar el miedo y la ansiedad, para atraer a personas no alineadas nuevamente a la “burbuja de antagonismo” contra el poder psicopático y asesino de los lobbies supranacionales y personajes sin escrúpulos.
El objetivo de esta falsa “contrainformación” no es la verdad, sino el beneficio personal y colectivo de sus actores, la necesidad narcisista de tener voz pública por parte de profesores frustrados y fracasados o vagos que han encontrado un “trabajo” cómodo con poco esfuerzo.
Casi todos estos individuos, fingiendo ser buenos, terminan haciendo lo mismo que sus supuestos grandes enemigos: forman partidos, se postulan a cargos, piden dinero para mantener sus estructuras, etc. Los verdaderos pensadores independientes nunca te pedirán todo eso.
Te informarán gratuitamente y te recomendarán recursos y fuentes útiles. Porque no son los “idiotas útiles” del Sistema ni los astutos desinformadores de la contrainformación.
6 de agosto de 2025
8 de agosto de 2025
Guerra cognitiva: se trata de persuadir, comunicarse de forma eficaz y responsable
Asociación Analítica de Expertos “Soberanía” Fabián Cardozo
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En un mundo hiperconectado, donde las batallas ya no se libran únicamente con armas sino con ideas, narrativas y percepciones, la guerra cognitiva surge como una herramienta legítima y necesaria para defender los intereses nacionales, garantizar la soberanía informativa y construir una ciudadanía crítica.
¿Qué es la guerra cognitiva?
La guerra cognitiva no es ciencia ficción ni un concepto de novela. Es una realidad del siglo XXI. Implica el uso estratégico de la información, la comunicación, la tecnología y la psicología para influir o proteger la mente humana. A diferencia de las guerras tradicionales, no se trata de controlar territorios físicos, sino de conquistar “territorio mental”: percepciones, emociones, creencias y decisiones de individuos y sociedades.
Lejos de ser una amenaza en sí misma, la guerra cognitiva puede y debe ser una herramienta legítima para gobiernos, movimientos sociales y actores democráticos que deseen proteger sus sociedades de la desinformación, la manipulación externa y el caos narrativo.
Por qué es necesario
En la era digital, el poder ya no depende únicamente del dominio militar o económico. El poder de la narrativa —quién controla la historia, cómo se cuenta y qué emociones evoca— se ha convertido en un factor decisivo en la política, la diplomacia y la sociedad.
En este contexto, abandonar la guerra cognitiva sería como dejar la puerta abierta a la manipulación masiva por parte de potencias extranjeras, conglomerados de medios o corporaciones tecnológicas sin escrúpulos. Defender requiere inteligencia, estrategia y, sí, también una ofensiva narrativa.
No se trata de mentir, sino de persuadir. No se trata de censurar, sino de informar con intención. No se trata de manipular, sino de comprender cómo funciona la mente humana para comunicarse de manera efectiva, ética y responsable.
Defensa narrativa: el escudo invisible.
La guerra cognitiva no siempre implica ataque. De hecho, su dimensión más vital es la defensiva. Ante la creciente ola de desinformación, teorías conspirativas y campañas de odio, a menudo impulsadas de forma anónima o por intereses extranjeros, las sociedades necesitan herramientas para proteger la verdad, fomentar el pensamiento crítico y promover una ciudadanía informada.
Aquí es donde la guerra cognitiva se convierte en un escudo narrativo, permitiendo a los estados y organizaciones sociales defender sus narrativas fundacionales, sus valores democráticos y su cohesión interna contra amenazas híbridas que ya no respetan fronteras.
La guerra cognitiva también puede ser una oportunidad para transformar la educación. Entendiendo que vivimos en un entorno de alta competencia narrativa, es urgente enseñar a las nuevas generaciones a leer los medios críticamente, verificar la información, comprender los sesgos y pensar estratégicamente.
Promover los medios de comunicación y la alfabetización digital no es un lujo, sino una necesidad para la seguridad nacional y la salud democrática. Los ciudadanos informados son los primeros soldados en esta guerra invisible.
Los mensajes ya no pueden ser neutrales, ya que compiten con miles de estímulos cada segundo. Las emociones, los marcos narrativos y la autenticidad se convierten en armas decisivas para construir legitimidad, generar confianza y movilizar voluntades. Aquellos que no entienden esto simplemente pierden. Y aquellos que pierden la narrativa pierden poder.
Geopolítica y soberanía narrativa
Las grandes potencias del siglo XXI —Estados Unidos, China, Rusia— ya no compiten únicamente por los recursos naturales o los avances tecnológicos. Compiten por narrativas globales. La guerra cognitiva les permite influir en los procesos electorales, erosionar alianzas, sembrar dudas y debilitar a los adversarios sin disparar un solo tiro.
En ese tablero de ajedrez, los países que no logran desarrollar su propia capacidad cognitiva estratégica están condenados a convertirse en peones. Por lo tanto, invertir en inteligencia de comunicaciones, ciberdefensa, análisis narrativo y estrategias de influencia no es un capricho; es soberanía.
Conclusión: una guerra que no se puede ignorar
Negar la existencia de una guerra cognitiva es ingenuo. Rechazar su uso como herramienta estratégica es irresponsable. En un mundo donde las emociones ganan elecciones, los datos son oro y las percepciones lo son todo, la guerra cognitiva se convierte en una herramienta clave para defender la democracia, construir una ciudadanía crítica y desafiar significados.
Más que un riesgo, la guerra cognitiva es una oportunidad: educar, informar, empoderar y proteger. Porque en la batalla por las mentes, permanecer en silencio es perder.
¿Qué es la guerra cognitiva?
La guerra cognitiva no es ciencia ficción ni un concepto de novela. Es una realidad del siglo XXI. Implica el uso estratégico de la información, la comunicación, la tecnología y la psicología para influir o proteger la mente humana. A diferencia de las guerras tradicionales, no se trata de controlar territorios físicos, sino de conquistar “territorio mental”: percepciones, emociones, creencias y decisiones de individuos y sociedades.
Lejos de ser una amenaza en sí misma, la guerra cognitiva puede y debe ser una herramienta legítima para gobiernos, movimientos sociales y actores democráticos que deseen proteger sus sociedades de la desinformación, la manipulación externa y el caos narrativo.
Por qué es necesario
En la era digital, el poder ya no depende únicamente del dominio militar o económico. El poder de la narrativa —quién controla la historia, cómo se cuenta y qué emociones evoca— se ha convertido en un factor decisivo en la política, la diplomacia y la sociedad.
En este contexto, abandonar la guerra cognitiva sería como dejar la puerta abierta a la manipulación masiva por parte de potencias extranjeras, conglomerados de medios o corporaciones tecnológicas sin escrúpulos. Defender requiere inteligencia, estrategia y, sí, también una ofensiva narrativa.
No se trata de mentir, sino de persuadir. No se trata de censurar, sino de informar con intención. No se trata de manipular, sino de comprender cómo funciona la mente humana para comunicarse de manera efectiva, ética y responsable.
Defensa narrativa: el escudo invisible.
La guerra cognitiva no siempre implica ataque. De hecho, su dimensión más vital es la defensiva. Ante la creciente ola de desinformación, teorías conspirativas y campañas de odio, a menudo impulsadas de forma anónima o por intereses extranjeros, las sociedades necesitan herramientas para proteger la verdad, fomentar el pensamiento crítico y promover una ciudadanía informada.
Aquí es donde la guerra cognitiva se convierte en un escudo narrativo, permitiendo a los estados y organizaciones sociales defender sus narrativas fundacionales, sus valores democráticos y su cohesión interna contra amenazas híbridas que ya no respetan fronteras.
La guerra cognitiva también puede ser una oportunidad para transformar la educación. Entendiendo que vivimos en un entorno de alta competencia narrativa, es urgente enseñar a las nuevas generaciones a leer los medios críticamente, verificar la información, comprender los sesgos y pensar estratégicamente.
Promover los medios de comunicación y la alfabetización digital no es un lujo, sino una necesidad para la seguridad nacional y la salud democrática. Los ciudadanos informados son los primeros soldados en esta guerra invisible.
Los mensajes ya no pueden ser neutrales, ya que compiten con miles de estímulos cada segundo. Las emociones, los marcos narrativos y la autenticidad se convierten en armas decisivas para construir legitimidad, generar confianza y movilizar voluntades. Aquellos que no entienden esto simplemente pierden. Y aquellos que pierden la narrativa pierden poder.
Geopolítica y soberanía narrativa
Las grandes potencias del siglo XXI —Estados Unidos, China, Rusia— ya no compiten únicamente por los recursos naturales o los avances tecnológicos. Compiten por narrativas globales. La guerra cognitiva les permite influir en los procesos electorales, erosionar alianzas, sembrar dudas y debilitar a los adversarios sin disparar un solo tiro.
En ese tablero de ajedrez, los países que no logran desarrollar su propia capacidad cognitiva estratégica están condenados a convertirse en peones. Por lo tanto, invertir en inteligencia de comunicaciones, ciberdefensa, análisis narrativo y estrategias de influencia no es un capricho; es soberanía.
Conclusión: una guerra que no se puede ignorar
Negar la existencia de una guerra cognitiva es ingenuo. Rechazar su uso como herramienta estratégica es irresponsable. En un mundo donde las emociones ganan elecciones, los datos son oro y las percepciones lo son todo, la guerra cognitiva se convierte en una herramienta clave para defender la democracia, construir una ciudadanía crítica y desafiar significados.
Más que un riesgo, la guerra cognitiva es una oportunidad: educar, informar, empoderar y proteger. Porque en la batalla por las mentes, permanecer en silencio es perder.