1 de enero de 2026
Los conflictos que marcarán 2026
Las guerras en Ucrania y Oriente Próximo seguirán activas. Nuevos focos de conflicto, como el Caribe, o la expansión de la violencia en el Sahel y Sudán, ampliarán la inseguridad internacional
El año 2025 se ha cerrado con un panorama internacional marcado por la inestabilidad y los conflictos, una tendencia que continuará en 2026. No es ninguna novedad: guerras a gran escala como la de Ucrania, Oriente Próximo o Sudán han llevado al mundo al periodo de inestabilidad más importante desde la Segunda Guerra Mundial.
Los datos de los últimos doce meses asientan esta tendencia: a lo largo del año, el 16% de la población mundial ha estado expuesta directamente a algún tipo de conflicto armado, con la Franja de Gaza como el territorio con las tasas de violencia más elevadas del mundo. Mientras tanto, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Sudán, el grupo paramilitar con base en Darfur, se han convertido en el actor armado no estatal responsable de más muertes de civiles a lo largo del curso.
En Ucrania, la guerra iniciada en 2022 por la invasión rusa continúa estancada pero activa, con presión constante sobre la línea de frente y la dependencia ucraniana de la ayuda estadounidense como factor determinante. Por su parte, las tensiones en el Caribe y América Latina, impulsadas por la política exterior del presidente Donald Trump bajo su nueva «guerra contra las drogas», han marcado el último trimestre de 2025 y se prolongarán en 2026. En este contexto, serán especialmente relevantes las elecciones de medio mandato (midterms), que ordenarán la agenda política del magnate durante los próximos meses.
Así, el nuevo año 2026 se perfila como uno de consolidación del nuevo orden internacional, marcado por el repliegue de las grandes potencias hacia sus zonas de influencia: EEUU se centra en su vecindad americana, China presiona con fuerza a Taiwán en su entorno más cercano y Rusia mantiene su conflicto con Europa. Estos enfrentamientos, junto con las guerras civiles de Sudán o Myanmar, conviven con tensiones de baja intensidad, como las fronterizas entre Camboya y Tailandia, la escalada militar en el mar del Sur de China o la creciente militarización del Ártico.
La vuelta del intervencionismo estadounidense
La política exterior de Estados Unidos ha vuelto a mostrar un perfil intervencionista con la administración de Donald Trump, y 2026 apunta a consolidar esa tendencia. Durante 2025, la nueva “guerra contra las drogas” ha servido de justificación para bombardear supuestas narcolanchas en el Caribe y lanzar un ataque sobre territorio venezolano a finales de diciembre, todo ello con el argumento de frenar el tráfico ilícito. La equiparación de narcotraficantes con organizaciones terroristas ha ampliado el margen para el uso de la fuerza, y ha permitido ya más de 25 ataques directos desde finales de agosto.
Los datos de los últimos doce meses asientan esta tendencia: a lo largo del año, el 16% de la población mundial ha estado expuesta directamente a algún tipo de conflicto armado, con la Franja de Gaza como el territorio con las tasas de violencia más elevadas del mundo. Mientras tanto, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Sudán, el grupo paramilitar con base en Darfur, se han convertido en el actor armado no estatal responsable de más muertes de civiles a lo largo del curso.
En Ucrania, la guerra iniciada en 2022 por la invasión rusa continúa estancada pero activa, con presión constante sobre la línea de frente y la dependencia ucraniana de la ayuda estadounidense como factor determinante. Por su parte, las tensiones en el Caribe y América Latina, impulsadas por la política exterior del presidente Donald Trump bajo su nueva «guerra contra las drogas», han marcado el último trimestre de 2025 y se prolongarán en 2026. En este contexto, serán especialmente relevantes las elecciones de medio mandato (midterms), que ordenarán la agenda política del magnate durante los próximos meses.
Así, el nuevo año 2026 se perfila como uno de consolidación del nuevo orden internacional, marcado por el repliegue de las grandes potencias hacia sus zonas de influencia: EEUU se centra en su vecindad americana, China presiona con fuerza a Taiwán en su entorno más cercano y Rusia mantiene su conflicto con Europa. Estos enfrentamientos, junto con las guerras civiles de Sudán o Myanmar, conviven con tensiones de baja intensidad, como las fronterizas entre Camboya y Tailandia, la escalada militar en el mar del Sur de China o la creciente militarización del Ártico.
La vuelta del intervencionismo estadounidense
La política exterior de Estados Unidos ha vuelto a mostrar un perfil intervencionista con la administración de Donald Trump, y 2026 apunta a consolidar esa tendencia. Durante 2025, la nueva “guerra contra las drogas” ha servido de justificación para bombardear supuestas narcolanchas en el Caribe y lanzar un ataque sobre territorio venezolano a finales de diciembre, todo ello con el argumento de frenar el tráfico ilícito. La equiparación de narcotraficantes con organizaciones terroristas ha ampliado el margen para el uso de la fuerza, y ha permitido ya más de 25 ataques directos desde finales de agosto.
De cara a las elecciones elecciones de medio mandato, se espera que este patrón se mantenga, con posibles nuevas ofensivas y presión directa sobre el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Aunque el derrocamiento del líder chavista sigue siendo incierto, la escalada podría intensificarse, sobre todo si Trump busca reforzar su imagen de “mano dura” ante su base electoral. Cuba o Nicaragua aparecen como siguiente foco de atención, mientras que México seguirá lidiando con el discurso sobre el narcotráfico y la amenaza de operaciones unilaterales estadounidenses. En conjunto, la región se enfrenta a un 2026 con mayor militarización, riesgos para la soberanía de los Estados y un escenario donde la política interna estadounidense influirá directamente en la estabilidad de sus vecinos.
Ucrania, hacia el quinto año de guerra
En 2026, la guerra de Ucrania seguirá previsiblemente estancada y sin una salida negociada a la vista. El año pasado comenzó con la promesa de una paz negociada, impulsada por la llegada de Donald Trump al poder. En cambio, las conversaciones de paz a lo largo del 2025 han dejado claro que Rusia no está dispuesta a renunciar al control del Donbás —territorio que considera propio— y Ucrania no puede aceptar concesiones territoriales sin poner en riesgo su seguridad futura ni vulnerar su marco constitucional, que establece que cualquier cambio de fronteras debe decidirse por referéndum nacional. Ahora mismo, las tropas rusas controlan casi todo el óblast de Lugansk y el 75% de Donetsk.
Ucrania, hacia el quinto año de guerra
En 2026, la guerra de Ucrania seguirá previsiblemente estancada y sin una salida negociada a la vista. El año pasado comenzó con la promesa de una paz negociada, impulsada por la llegada de Donald Trump al poder. En cambio, las conversaciones de paz a lo largo del 2025 han dejado claro que Rusia no está dispuesta a renunciar al control del Donbás —territorio que considera propio— y Ucrania no puede aceptar concesiones territoriales sin poner en riesgo su seguridad futura ni vulnerar su marco constitucional, que establece que cualquier cambio de fronteras debe decidirse por referéndum nacional. Ahora mismo, las tropas rusas controlan casi todo el óblast de Lugansk y el 75% de Donetsk.
Para mediados de 2026, el conflicto ya habrá durado más que la Primera Guerra Mundial, y aunque Donald Trump aspira a forzar un acuerdo que refuerce su perfil internacional, las posiciones de fondo siguen siendo incompatibles. Washington podría intentar presionar a Kiev, incluso mediante el debate electoral —Ucrania, por calendario, debería celebrar elecciones este año—, pero ni un alto el fuego ni unos comicios parecen viables en un contexto de guerra. Todo apunta, por tanto, a un 2026 marcado por una guerra prolongada, con combates de distinta intensidad, nuevos intentos de conseguir la paz y una creciente implicación europea ante la incertidumbre del apoyo estadounidense.
África, nuevo epicentro de la violencia y el yihadismo
El Sahel y, en general, África se perfilan como uno de los principales focos de inestabilidad en 2026. El giro de Dáesh hacia el continente se ha consolidado: en los primeros once meses de 2025, cerca del 79% de la actividad global del grupo terrorista se concentró en África, frente al 49% del año anterior. Este desplazamiento responde a los reveses sufridos por el grupo en Oriente Próximo y ha venido acompañado de una intensificación de la violencia por parte de sus filiales, especialmente en Níger, Somalia y Mozambique, incluso en un contexto de descenso global de la actividad yihadista.
África, nuevo epicentro de la violencia y el yihadismo
El Sahel y, en general, África se perfilan como uno de los principales focos de inestabilidad en 2026. El giro de Dáesh hacia el continente se ha consolidado: en los primeros once meses de 2025, cerca del 79% de la actividad global del grupo terrorista se concentró en África, frente al 49% del año anterior. Este desplazamiento responde a los reveses sufridos por el grupo en Oriente Próximo y ha venido acompañado de una intensificación de la violencia por parte de sus filiales, especialmente en Níger, Somalia y Mozambique, incluso en un contexto de descenso global de la actividad yihadista.
En el Sahel central —Malí, Burkina Faso y Níger—, esta expansión se superpone con una crisis política marcada por la sucesión de golpes de Estado que han tenido lugar en la región desde el año 2020 y la consolidación de juntas militares que han roto con Francia y con el entramado de seguridad occidental. 2025 ha supuesto el cierre definitivo a la influencia francesa en la región, con la expulsión y el repliegue definitivo de las tropas francesas de Chad, Senegal y Costa de Marfil. Para 2026, el foco estará en Malí. El país ha sufrido el asedio de su capital, Bamako, por parte del grupo JNIM, y los ataques continúan. En este contexto, el colapso de la junta que controla Malí, bajo la presión de la violencia yihadista y las protestas ciudadanas, es una posibilidad para los próximos meses. También lo es que aumente el riesgo de asonadas en otros Estados de la zona, como el que se dio en Benín en diciembre.
Por su parte, la cooperación de las juntas con Moscú y la presencia del grupo ruso de mercenarios Africa Corps no han logrado aportar la seguridad prometida. Lejos de estabilizar la región, el Sahel ha vivido una expansión del yihadismo, un deterioro general de la seguridad y un aumento del riesgo de contagio hacia los países del golfo de Guinea, uno de los principales vectores de inestabilidad a observar en 2026.
Por otro lado, en Sudán la guerra civil que se inició en 2023 continuará en 2026. Ya son más de treinta millones las personas que necesitan asistencia en el país, que se suman a los más de diez millones de desplazados internos debido al enfrentamiento entre el ejército y los rebeldes de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), que sigue cometiendo graves abusos contra civiles en varias regiones del país bajo el auspicio de Emiratos Árabes Unidos, país que suministra armamento a los rebeldes.
Por su parte, la cooperación de las juntas con Moscú y la presencia del grupo ruso de mercenarios Africa Corps no han logrado aportar la seguridad prometida. Lejos de estabilizar la región, el Sahel ha vivido una expansión del yihadismo, un deterioro general de la seguridad y un aumento del riesgo de contagio hacia los países del golfo de Guinea, uno de los principales vectores de inestabilidad a observar en 2026.
Por otro lado, en Sudán la guerra civil que se inició en 2023 continuará en 2026. Ya son más de treinta millones las personas que necesitan asistencia en el país, que se suman a los más de diez millones de desplazados internos debido al enfrentamiento entre el ejército y los rebeldes de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), que sigue cometiendo graves abusos contra civiles en varias regiones del país bajo el auspicio de Emiratos Árabes Unidos, país que suministra armamento a los rebeldes.
A principios de 2025, las fuerzas armadas sudanesas recuperaron la capital, pero las RSF han extendido y consolidado su control sobre la parte oeste del país, incluyendo Darfur, donde mantiene un gobierno paralelo en Nyala. Para 2026, esta fragmentación se consolidará, con enfrentamientos intermitentes, tensiones continuas en Kordofán y Darfur. Mientras ambos bandos buscan fortalecer sus alianzas y asegurar recursos estratégicos, especialmente rutas de suministro y yacimientos de oro, el conflicto tiene todos los visos de agravarse en los próximos meses.
Por su parte, en el Cuerno de África preocupa la situación interna de Etiopía, con nuevos enfrentamientos con los rebeldes del Tigray, apoyados por Eritrea, en un conflicto civil que amenaza con extenderse por la región en el nuevo año.
El futuro de Netanyahu, clave para Oriente Próximo
En 2026, las operaciones de Israel en toda la región de Oriente Próximo no se detendrán. El país sigue ocupando territorios de estados vecinos, como Líbano o Siria, y Netanyahu no descarta nuevos ataques contra Irán durante este año, con el apoyo estadounidense.
Pese a esto, Gaza seguirá siendo el punto clave en la política y la seguridad regional, con la desmilitarización de Hamás como eje central del plan de paz impulsado por Trump en 2025. El acuerdo prevé el despliegue de una fuerza internacional de la ONU para supervisar que Hamás deponga las armas. Pero los ataques no cesarán. Como ya ha ocurrido desde la firma del alto el fuego, Israel continuará atacando objetivos específicos del grupo, aunque sin operaciones masivas como en años anteriores.
Por su parte, en el Cuerno de África preocupa la situación interna de Etiopía, con nuevos enfrentamientos con los rebeldes del Tigray, apoyados por Eritrea, en un conflicto civil que amenaza con extenderse por la región en el nuevo año.
El futuro de Netanyahu, clave para Oriente Próximo
En 2026, las operaciones de Israel en toda la región de Oriente Próximo no se detendrán. El país sigue ocupando territorios de estados vecinos, como Líbano o Siria, y Netanyahu no descarta nuevos ataques contra Irán durante este año, con el apoyo estadounidense.
Pese a esto, Gaza seguirá siendo el punto clave en la política y la seguridad regional, con la desmilitarización de Hamás como eje central del plan de paz impulsado por Trump en 2025. El acuerdo prevé el despliegue de una fuerza internacional de la ONU para supervisar que Hamás deponga las armas. Pero los ataques no cesarán. Como ya ha ocurrido desde la firma del alto el fuego, Israel continuará atacando objetivos específicos del grupo, aunque sin operaciones masivas como en años anteriores.
En el país hebreo, las elecciones previstas para finales de 2026 añaden presión a la política interna. Las encuestas dan al Gobierno de coalición de Netanyahu un apoyo limitado, y podría recurrir a medidas extraordinarias —como prorrogar el mandato del parlamento o usar poderes de emergencia— para garantizar estabilidad y ganar tiempo para fortalecer su posición antes de los comicios. Al mismo tiempo, la colonización de Cisjordania seguirá avanzando a lo largo del año, consolidando la ocupación israelí sobre el territorio palestino más allá de Gaza.
Por último, los países árabes serán un pilar en la reconstrucción y estabilización de Palestina, con la posible participación de fuerzas de paz del golfo Pérsico en Gaza. En conjunto, 2026 se perfila como un año de paz limitada en la Franja, favorable a Israel pero dependiente del equilibrio entre la presión internacional, las dinámicas internas palestinas y los intereses electorales en Tel Aviv.
Por su parte, la estabilización de Siria será otro de los asuntos centrales en 2026. El nuevo gobierno de Ahmed al Sharaa continuará con la transición, centrada en la reconstrucción, la normalización internacional y la búsqueda de legitimidad institucional, sin cambios internos drásticos. Tras el retorno en 2025 de más de un millón de refugiados y 1,8 millones de desplazados internos, para 2026 se espera que más gente regrese. El reto principal será consolidar la pacificación, aunque la amenaza de Turquía sobre los grupos kurdos del norte del país puede sumar incertidumbre.
Israel será uno de los principales opositores de la nueva Siria. No le interesa un país estable y alineado con Turquía y los países árabes. Por su parte, Arabia Saudí, la otra potencia regional, ha chocado con Emiratos Árabes Unidos, un aliado tradicional que está ofreciendo a apoyo a los separatistas del sur de Yemen, que buscan revivir el Estado de Yemen del Sur, que fue independiente entre 1967 y 1990. El grupo, enfrentado con el Gobierno apoyado desde Riad desde hace más de una década, es un eslabón más de un conflicto en el que lo hutíes se han hecho fuertes al oeste del país y de cara al mar Rojo.
Aumenta la fricción en Asia: ¿Hacia una invasión de Taiwán?
El año ha cerrado en Asia con China llevando a cabo las maniobras más amplias hasta la fecha en las aguas cercanas a Taiwán. En un contexto internacional marcado por los movimientos de EEUU en el Caribe y una creciente despenalización del uso de la fuerza, la opción de una intervención sobre Taiwán se acrecienta en el cálculo estratégico de Pekín.
Por último, los países árabes serán un pilar en la reconstrucción y estabilización de Palestina, con la posible participación de fuerzas de paz del golfo Pérsico en Gaza. En conjunto, 2026 se perfila como un año de paz limitada en la Franja, favorable a Israel pero dependiente del equilibrio entre la presión internacional, las dinámicas internas palestinas y los intereses electorales en Tel Aviv.
Por su parte, la estabilización de Siria será otro de los asuntos centrales en 2026. El nuevo gobierno de Ahmed al Sharaa continuará con la transición, centrada en la reconstrucción, la normalización internacional y la búsqueda de legitimidad institucional, sin cambios internos drásticos. Tras el retorno en 2025 de más de un millón de refugiados y 1,8 millones de desplazados internos, para 2026 se espera que más gente regrese. El reto principal será consolidar la pacificación, aunque la amenaza de Turquía sobre los grupos kurdos del norte del país puede sumar incertidumbre.
Israel será uno de los principales opositores de la nueva Siria. No le interesa un país estable y alineado con Turquía y los países árabes. Por su parte, Arabia Saudí, la otra potencia regional, ha chocado con Emiratos Árabes Unidos, un aliado tradicional que está ofreciendo a apoyo a los separatistas del sur de Yemen, que buscan revivir el Estado de Yemen del Sur, que fue independiente entre 1967 y 1990. El grupo, enfrentado con el Gobierno apoyado desde Riad desde hace más de una década, es un eslabón más de un conflicto en el que lo hutíes se han hecho fuertes al oeste del país y de cara al mar Rojo.
Aumenta la fricción en Asia: ¿Hacia una invasión de Taiwán?
El año ha cerrado en Asia con China llevando a cabo las maniobras más amplias hasta la fecha en las aguas cercanas a Taiwán. En un contexto internacional marcado por los movimientos de EEUU en el Caribe y una creciente despenalización del uso de la fuerza, la opción de una intervención sobre Taiwán se acrecienta en el cálculo estratégico de Pekín.
No obstante, para 2026 todo apunta más a una intensificación de la presión que a una invasión directa. Desde 2022, China ha incrementado de manera sostenida sus maniobras en torno a la isla, con ejercicios con fuego real en 2025 y nuevas operaciones a gran escala a finales de año. Así, 2026 se perfila como un año clave de preparación y disuasión, en el que se consolidará la normalización del cerco militar y de la presión sobre Taiwán. Todo ello con la vista puesta en 2027, cuando se cierra el actual ciclo político de Xi Jinping y se conmemora el centenario del Ejército Popular de Liberación. Es una fecha simbólica vinculada a los objetivos de modernización militar y que, en los análisis estratégicos, suele señalarse como un posible punto de inflexión en el conflicto.
También en Asia, Pakistán y Myanmar son dos de los países que hay que tener en cuenta los próximos meses. Al igual que en 2025, Pakistán seguirá afrontando graves problemas de seguridad interna, concentrados en la provincia de Baluchistán y en los ataques continuos de los talibanes del TTP, que reciben apoyo desde Afganistán.
A nivel regional, Afganistán e India también serán actores clave: Islamabad acusa al gobierno talibán de ofrecer refugio al TTP al tiempo que Nueva Delhi estrecha lazos con Kabul, generando un foco de fricción transfronteriza que se prevé será el principal desestabilizador de Pakistán en 2026. La violencia interna y estas alianzas regionales seguirán moldeando la estabilidad del país, con riesgo de más enfrentamientos transfronterizos con Afganistán, que en 2025 ya fueron más del doble que en el año anterior. En 2025, Pakistán también se vio inmerso en un conflicto en la región en disputa de Cachemira tras un atentado en la parte india, que desató una serie de ataques cruzados y elevó el frágil equilibrio regional.
También en Asia, Pakistán y Myanmar son dos de los países que hay que tener en cuenta los próximos meses. Al igual que en 2025, Pakistán seguirá afrontando graves problemas de seguridad interna, concentrados en la provincia de Baluchistán y en los ataques continuos de los talibanes del TTP, que reciben apoyo desde Afganistán.
A nivel regional, Afganistán e India también serán actores clave: Islamabad acusa al gobierno talibán de ofrecer refugio al TTP al tiempo que Nueva Delhi estrecha lazos con Kabul, generando un foco de fricción transfronteriza que se prevé será el principal desestabilizador de Pakistán en 2026. La violencia interna y estas alianzas regionales seguirán moldeando la estabilidad del país, con riesgo de más enfrentamientos transfronterizos con Afganistán, que en 2025 ya fueron más del doble que en el año anterior. En 2025, Pakistán también se vio inmerso en un conflicto en la región en disputa de Cachemira tras un atentado en la parte india, que desató una serie de ataques cruzados y elevó el frágil equilibrio regional.
Myanmar, por su parte, cerró 2025 con la celebración de las primeras elecciones desde el golpe de Estado de 2021, un proceso impulsado por la junta militar como intento de legitimación política. La tercera y última ronda de votaciones se completará a comienzos de 2026 en un contexto marcado por una guerra civil activa y más de 3,6 millones de personas desplazadas, lo que dificulta seriamente la organización de unos comicios creíbles.
El proceso ha sido duramente criticado por la disolución de los principales partidos, el encarcelamiento de líderes opositores y la ausencia de garantías básicas. De cara a este año no se espera que los resultados sean reconocidos internacionalmente y es probable un aumento de la violencia asociada al proceso electoral, en un país que ya figura entre los cinco con mayor intensidad de violencia política a nivel mundial.
Así, los conflictos a observar en 2026 no serán en su mayoría nuevos, sino el resultado de años de desestabilización y tensiones regionales que derivan en escaladas puntuales de violencia más allá de las grandes guerras abiertas. Sudán y Ucrania seguirán siendo los conflictos abiertos más preocupantes, junto al frágil equilibrio en Oriente Próximo.
Además, Myanmar, las crecientes tensiones en Yemen, las disputas entre Etiopía y Eritrea, el avance de las fuerzas yihadistas en el Sahel, los frágiles acuerdos de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo, y los choques entre Camboya y Tailandia podrían desencadenar nuevos episodios de violencia. A todo ello se suma la incertidumbre económica y política global, donde la guerra comercial, la competencia por recursos y el repunte de la carrera nuclear —certificada con el fin del único tratado nuclear aún en vigor entre Rusia y EEUU en febrero— aumentarán la inseguridad internacional.
El proceso ha sido duramente criticado por la disolución de los principales partidos, el encarcelamiento de líderes opositores y la ausencia de garantías básicas. De cara a este año no se espera que los resultados sean reconocidos internacionalmente y es probable un aumento de la violencia asociada al proceso electoral, en un país que ya figura entre los cinco con mayor intensidad de violencia política a nivel mundial.
Así, los conflictos a observar en 2026 no serán en su mayoría nuevos, sino el resultado de años de desestabilización y tensiones regionales que derivan en escaladas puntuales de violencia más allá de las grandes guerras abiertas. Sudán y Ucrania seguirán siendo los conflictos abiertos más preocupantes, junto al frágil equilibrio en Oriente Próximo.
Además, Myanmar, las crecientes tensiones en Yemen, las disputas entre Etiopía y Eritrea, el avance de las fuerzas yihadistas en el Sahel, los frágiles acuerdos de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo, y los choques entre Camboya y Tailandia podrían desencadenar nuevos episodios de violencia. A todo ello se suma la incertidumbre económica y política global, donde la guerra comercial, la competencia por recursos y el repunte de la carrera nuclear —certificada con el fin del único tratado nuclear aún en vigor entre Rusia y EEUU en febrero— aumentarán la inseguridad internacional.